Los perros del destino

 

 

Presumo que esta primera línea te habrá revelado ya que la carta es mía. Ya sabes que odio los encabezados epistolares protocolarios, y no es momento para que cambie mis costumbres y, por encima de todo, el tema es tan absolutamente trivial que no merecería que levantara la pluma si no fuera por el gusto que siempre me produce escribirte y por el hecho de que no me gustan los rumores.

Y los que levantó la larguísima lengua de tu tío, mi sobrino, son realmente ridículos pero quizá por eso la gente los cree o quiere creerlos y la situación empieza a fastidiarme. Para confirmar si fuera necesario (no lo es, por supuesto) mi intención de relatar los hechos tal cual fueron,  extraeré mis palabras de las páginas que escribí en su momento en mi diario, que no fueron muchas ya que el asunto no lo merecía y además nunca pensé que hubiera nada sobrenatural en lo que sucedió.

Paso a mi diario: ``...el chofer estacionó el auto bajo los árboles de la avenida, a unos 20 ó 30 metros de la vieja puerta del cementerio.

Me bajé y caminé lentamente bajo el sol hacia las verjas cerradas. Miré hacia dentro y salvo la maleza y los canteros desarreglados y alguna cruz abandonada, no vi a nadie. (Espero disculparás la deficiente redacción que tenía cuando escribí aquello) . Palmeé las manos y llamé:

-Eh!!!!. ¿Hay alguien aquí?

Nada. Me apoyé en la verja mirando hacia el auto, el chofer de la compañía se había sentado nuevamente en su asiento, había bajado la gorra y simulaba convincentemente estar dormido. Me habían citado a esa hora, ese día, en el Cementerio del Buceo. ¿Dónde más?. Allí están, allí estaban, digo, los restos de la abuela que tantos años esperara que viniéramos a llevárnoslos.

Pero ni sombra de nadie que me atendiera......el sitio estaba desierto.

Por la calle, a lento y desganado paso dos hombres con palas al hombro se acercaban, conversando, con menos ganas de llegar que de irse.

-Buenos días. - dijo uno, y se llevó la mano a la gorra mientras me miraba como evaluando si no era demasiado joven para la tarea.

El otro, mudo, sin mirarme, abrió con una llave grande y negra la pesada verja que, herrumbrada y dura, solo se apartó lo suficiente como para dejarnos pasar de a uno por vez.

Volvió a cerrarla con llave, cosa que me extrañó.

-Cuál es la tumba?. -preguntó el que había saludado.

Extendí el papel sin decir palabra.........manzana, número, oeste, que se yo...pensé. Estas no son direcciones comunes...

Leyó, lo miró al otro, y se largó a caminar hacia su izquierda por lo que parecía un viejo camino. El segundo hombre se metió en un galpón casi destruido de donde apareció enseguida cargando un cajón pequeño de madera lustrada. No más grande que uno de manzanas, pensé...¿Ahí entraría la abuela?

Yo caminaba en medio de los dos...el primero iba mascullando por lo bajo y arrastraba las dos palas, yo detrás mirando a ambos lados las tumbas abiertas, las lápidas quebradas, las ramas rotas. Algunos vendavales, fuertes allí cerca del mar, habían pasado y nadie se había dedicado a ordenar nada de todo aquello,... si de todas maneras el cementerio estaba siendo desmantelado y solo quedaban ya unos pocos  muertos olvidados. Todo estaba abandonado, sucio, silencioso.

El hombre que iba detrás con el cajón abrió por primera vez la boca:

-Ya están acá,  Juan,...ya nos olieron...

El otro no respondió nada, se limitó a levantar las palas que cargaba como dispuesto a blandirlas si hiciere falta.

Miré a uno y a otro...después a mi alrededor...pero no parecía que hubiera nada que ver.....¿escuchaba algo?.... a  lo lejos, algo como jadeos.....sí, como respiraciones...como resoplidos animales...como los caballos después de terminar una carrera allá en Maroñas...o los perros cuando nos pasaban a la carrera en los fondos del stud...

-Sí. -pensé-...oigo perros...pero, ¿dónde están?.

Como a la cuadra y media, el que se llamaba Juan dobló hacia su derecha y enfiló hacia lo que sería la parte lindante con la playa o el mar del viejo puerto del Buceo. Árboles caídos a derecha e izquierda mostraban que allí, cerca del mar los temporales eran más fuertes (Y que más natural que cerca del mar haya temporales, diga lo que diga tu tío). Ninguna tumba en pie, nada estaba en su lugar, todo era ramas y hojas caídas, rotas, secas.....pero no, una tumba muy vieja, con un mármol ya gris por el tiempo, permanecía..... digamos que arreglada.  Los árboles al caer la habían respetado (puro azar, por supuesto) y, cosa extraña, un viejísimo ramo de flores seco y algo carcomido, aún se conservaba en el lugar destinado por la costumbre.

-Aquí es -dijo Juan...Y se detuvo. El otro hombre bajó al suelo la urna dejándola cerca nuestro.

Ellos se dedicaban a mirar los alrededores, yo me puse a mirar la tumba.   

Mercedes Uñates de Arias 1897-1943.

La abuela, mi abuela santiagueña que había venido a morir a Montevideo en una tonta operación. La abuela cuya muerte dejó postrada a mamá por meses y que después de que se recuperó la llevó a odiar de tal forma este país que movió cielo y tierra para irse, aún a costa de desarraigarnos y aunque nos convirtiera en viajeros permanentes....un año estudiando acá, otro año en Buenos Aires....

Era raro, nunca mamá pudo visitar el cementerio, ninguno de mis tíos vino a este lugar, y el cementerio del Buceo estaba siendo desmantelado. Hacía unos años que lo habían cerrado y que habían desalojado a todos sus huéspedes y, sin embargo, quedaba todavía esta tumba, limpia, cuidada, y con flores, viejísimas flores, pero flores al fin. ¿Qué alma bondadosa visitaría a la abuela?

(Ahora que lo pienso, visto retrospectivamente por un lector desprevenido, esto podría interpretarse de manera errónea) ...De todos modos, querido, estoy segura de que nunca traté de darle a mis palabras un matiz esotérico cuando escribí mi diario, y también estoy segura que cuando me refería a un alma bondadosa me refería a un alma viva, no a una muerta -si es que además no es absolutamente contradictorio hablar de un alma muerta-. Sí admito, que una tercera persona que leyera aquellas sin más explicación podría entenderlas de otra manera.......¿Habrá estado husmeando los antiguos diarios de mi adolescencia el entrometido de tu tío?)

...Juan palanqueó el mármol que cedió enseguida y entre los dos lo corrieron dejando a la vista la tierra negra donde las lombrices y demás bichos de la humedad comenzaron a moverse.

Yo miraba, los hombres, detenidos de repente en su tarea observaban por sobre mí lo que, sin duda, había detrás. Me di vuelta. Yo no tengo miedo a los perros, jamás lo tuve, pero esos que se encontraban a mis espaldas transmitían algo de ese temor, que recién ahora imagino que pueden sentir algunas personas.

Cuatro Rottweilers, negros e imponentes estaban parados sobre un promontorio de piedras, algún viejo muro o panteón demolido, y a metros de ellos, echados o más bien reptando por todos lados, unos doce o quince perros de colores, razas y tamaños surtidos.

Los cuatro mastines nos observaban parados, firmes en sus patas, las bocas apenas entreabiertas, separados unos de otros....pero todos con la mirada fija. A pesar de los más o menos quince metros, pude ver o imaginar que veía que un hilo de baba blanca les colgaba de las bocas y pensé en la rabia, aunque ahora más tranquila sé que podría haber sido solo la excitación o quizás el hambre.

Miré a los perros y miré a los hombres, y unos y otros solo atinaban a mirarse entre sí.

-¿Se vendrán?, -preguntó el que no era Juan.

-Veremos. - y tomó la pala asiéndola como si fuera una pica.

No me animé a preguntarles nada. Solo pensé que la puerta la habían dejado cerrada con llave, que la verja era alta, que habíamos caminado como dos cuadras desde la entrada...y, sobre todo que los perros eran como veinte...

En todo eso pensaba mientras los hombres se ponían uno al lado de otro y yo quedaba fuera del círculo de protección que formaban, sola, cuando desde el vértice de la rama de un árbol, bien arriba, donde el sol calentaba, cantó largamente un pájaro. Fuerte y dulce, repentinamente, como el anuncio de un heraldo.

Su voz vibró en todo el camposanto y hasta los perros distrajeron su atención para dirigir sus cabezas hacia lo alto.

No sé porqué hice entonces lo que hice, (la locura de esa edad, sin duda.) ni creo que lo volvería a hacer jamás en la vida. Todavía vibraba el canto. Caminé unos pasos, lentos pero directos, y quedé debajo del montículo, frente a los perros. Ni miré a los que estaban echados, que solo miraban a los grandes como esperando una orden. Me acerqué a éstos y junté los labios haciendo el sonido que hacemos todos los que hemos tenido perros. Los llamé. Cuatro o cinco veces chasqueé los labios y enseguida,  (como aún hoy hago con Cel),  junté mayor y pulgar y soné también los dedos.             

-Lindos perritos! -dije suave pero alto.                        

-Lindos perritos!

Un macho grande, bastante viejo creo, obedeció a mi llamado y bajó seguro y decidido hacia mí. Se me acercó y torpe y amistosamente, frotó su cabeza y su lomo áspero, sucio y fuerte contra mis piernas....acaricié su cabezota y colocando mi mano sobre su cruz, volví con él sobre mis pasos. Me acerqué a la tumba, a la tumba de mi abuela Mercedes, me senté sobre la lápida caída a un costado con el perro a mi lado y los dos hombres mirándome.     

-Empecemos, tengo que llevarla antes del mediodía hasta el cementerio del Cerrito de la Victoria.

Los dos se miraron. Con un extraño entendimiento asintieron uno con otro, tomaron las palas y comenzaron a cavar tirando la tierra hacia un costado.

Yo tenía al perro, mi brazo sobre su cruz, sentado junto a mí, quieto y atento a todo, quizás sobre todo a mí. Llegaron al cajón. La madera, húmeda, cedió rápidamente. Juntaron pausadamente cada hueso, cada pieza dental desparramada. La calavera, el pelo que como perfecta peluca había quedado al fondo, una cruz de nácar, todo fue colocado limpio y con prolijo cuidado en el cajón pequeño. Después lo cerraron y clavaron golpeando con la parte de atrás de las palas a falta de martillo. Cuando lo recogieron, Juan tomó las herramientas y yo  largué a andar detrás de ellos que se alejaban ya por el irreconocible camino de acceso.

Me di vuelta a ver si el perro me seguía. Sí. A varios metros detrás la jauría, muda hasta en sus pisadas también venía con nosotros. Adelante aunque sin el temor del principio, los dos hombres juntos...

Llegamos a la puerta. El que no era Juan dejó la urna en el suelo y abrió la puerta tanto como la primera vez.

Pasamos con dificultad. Recogió la urna y se dirigió directamente hacia el auto. Supongo que el chofer le abrió el baúl. Yo ya no los miraba. Juan salió y se paró del otro lado mientras esperaba secándose la frente con un pañuelo.

Yo me agaché, rodilla en tierra y hundí mi cara en la cabeza del perro mientras éste me lamía la mano un par de veces. Salí. El otro hombre, que volvía ya sin su carga, cerró de nuevo la puerta.        

Me quedé parada mirando desde afuera al perro. Me extrañó verme a mí misma (recordarme......supongo...) junto al enorme animal y aún dentro del cementerio. Me miré las piernas como para confirmar que yo estaba ahí, del otro lado... Al girar la cabeza hacia el costado vi que los hombres se alejaban.

Juan se dio vuelta, se detuvo y volvió a tocarse la gorra en señal de saludo. El otro también se detuvo y ambos se quedaron mirándome un instante. Se persignaron, pensé que despidiendo los restos de mi abuela que partían hacia nuevo destino.

Cuando volví la vista dentro del abandonado cementerio del Buceo los perros ya no estaban. 

A lo lejos, entre la maraña de ramas, de árboles y de tumbas desbastadas, bien a lo lejos, donde quedara la lápida de Mercedes Uñates, creí vernos, (aún hoy los veo) al perro y a mí misma sentados sobre el mármol con mi nombre, Mercedes,  grabado en él, mientras volvía a escucharse en medio del silencio del lugar, en medio del viento y el olor a sal, el anuncio del pájaro.

(...Te repito tu tío se equivoca, y no se vuelva a hablar del asunto.)

Te quiere. Tu abuela:

Mercedes

Maria Mercedes MacLean

 

 

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